
Selección de joyas de hierro de la Edad del Bronce Media (M) y la Edad del Bronce Final (L). El punto rojo indica un artefacto que contiene níquel. Crédito: Journal of Archaeological Science (2026). DOI: 10.1016/j.jas.2026.106622
Mucho antes de que la producción de hierro mediante fundición se extendiera por el Mediterráneo, algunos artesanos de la Edad del Bronce ya trabajaban con ese metal. Pero su materia prima tenía un origen extraordinario: había llegado literalmente desde el espacio.
Un nuevo estudio publicado en Journal of Archaeological Science analizó 91 objetos de hierro de la Edad del Bronce y comienzos de la Edad del Hierro procedentes de 33 sitios arqueológicos y conservados actualmente en 19 museos. El objetivo era determinar si las culturas minoica y micénica utilizaron hierro procedente de meteoritos.
Las nuevas tecnologías permitieron realizar los análisis sin dañar las piezas. Debido a que el hierro meteorítico suele contener elevadas concentraciones de níquel, los investigadores buscaron precisamente ese elemento.
Trece objetos presentaron concentraciones compatibles con un origen meteorítico. Diez fueron considerados muy probablemente fabricados con hierro de meteorito, mientras que otros tres necesitarán estudios adicionales.
Un detalle resultó especialmente significativo: todos los objetos meteoríticos identificados eran anillos.
Además, la mayoría procedía de tumbas ricamente equipadas y aparecía asociada con oro, plata o bronce. Algunos fueron encontrados en importantes contextos micénicos, como Micenas, Vapheio y Kakovatos. Otro apareció en Anemospilia, en Creta, colocado todavía en el dedo de un hombre interpretado por los excavadores como un sacerdote de alto rango.
Los investigadores consideran que estos anillos probablemente funcionaban como símbolos de prestigio y poder. El hierro, extremadamente raro en aquel momento, habría sido tratado como un material precioso.
El origen exacto de los meteoritos sigue siendo desconocido. Los investigadores plantean la posibilidad de que parte del material llegara desde Egipto, donde las condiciones desérticas favorecen la conservación de meteoritos, pero reconocen que no existe evidencia directa que demuestre esa procedencia.
La moda parece haber sido relativamente breve. Casi todos los anillos meteoríticos pertenecen a la Edad del Bronce Tardío y desaparecen aproximadamente durante el colapso del sistema palacial micénico. Al mismo tiempo comenzó a difundirse el hierro obtenido mediante fundición, especialmente durante los siglos XII y XI aec.
Un material excepcional que había caído del cielo perdió gradualmente su singularidad cuando los seres humanos aprendieron a producir hierro por otros medios.
Reflexión bíblica
La transición entre el Bronce Tardío y la Edad del Hierro constituye también parte del trasfondo tecnológico de los primeros libros históricos de la Biblia. 1 Samuel 13:19-22 presenta el trabajo del hierro como un recurso estratégico y señala que los israelitas dependían de los filisteos para determinados trabajos metalúrgicos. Los anillos griegos pertenecen a otros lugares y contextos, pero ayudan a comprender un período en el que el hierro pasó gradualmente de ser un material excepcional y prestigioso a convertirse en un recurso fundamental para herramientas y armas.
Reconstruyen la administración del agua en el delta del Nilo hace 2400 años
Un nuevo descubrimiento en Tel Nasser, cerca de Port Said, permite reconstruir cómo se administraba el agua en una comunidad del delta oriental del Nilo durante los períodos helenístico y romano.
El Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto anunció el hallazgo del primer complejo integrado de baños conocido en este sitio. Aunque Tel Nasser estuvo ocupado desde finales del siglo IV o comienzos del III aec, los arqueólogos consideran que el complejo fue construido probablemente hacia finales del siglo I aec.
Las instalaciones incluían espacios privados y públicos.
La sección privada tenía una piscina circular de unos 2,4 metros de diámetro, construida con ladrillos rojos y revestida con un mortero impermeable de tonalidad rosada. Junto a ella aparecieron dos pequeños baños ovalados para los pies, canales de drenaje y una estructura baja que posiblemente estuviera relacionada con el calentamiento del agua.
El área pública era considerablemente mayor. Incluía dos salas circulares, o tholoi, de aproximadamente cinco metros de diámetro. Una contenía cinco instalaciones destinadas al lavado de los pies. Tres se conservaron suficientemente bien como para mostrar respaldos, apoyabrazos y pisos diseñados para reducir el riesgo de resbalones.
Pero uno de los elementos más importantes del descubrimiento se encontraba debajo y alrededor de los baños: un elaborado sistema hidráulico.
Los arqueólogos identificaron un canal principal de abastecimiento de aproximadamente seis metros de longitud, construido con ladrillos rojos y elevado sobre el suelo. Parte estaba protegida por una estructura abovedada y conectada con un sistema de drenaje. Debajo apareció otro canal más antiguo, acompañado por muros residenciales correspondientes a fases anteriores del asentamiento.
La cerámica permite reconstruir varios siglos de ocupación. Las primeras fases incluyen objetos relacionados con tradiciones chipriotas y ánforas griegas. Posteriormente aparecen sellos de ánforas procedentes de Rodas y cerámica local e importada correspondiente al período ptolemaico.
El complejo continuó funcionando durante el período romano, hasta aproximadamente el siglo II. Posteriormente, algunas de sus instalaciones fueron modificadas y utilizadas para almacenamiento.
Tel Nasser muestra así que detrás de algo tan cotidiano como bañarse existía una infraestructura considerable: captación, transporte, distribución, calentamiento y evacuación del agua.
Reflexión bíblica
El hallazgo pertenece a una época próxima al mundo del Nuevo Testamento y ayuda a comprender la infraestructura de las ciudades del Mediterráneo oriental bajo dominio romano. Los Evangelios muestran que piscinas y lugares relacionados con el agua formaban parte habitual del paisaje urbano. Juan 5:2-9, por ejemplo, sitúa una curación de Jesús junto a la piscina de Betesda en Jerusalén, mientras Juan 9:7 menciona la piscina de Siloé. Tel Nasser no tiene relación directa con esos lugares, pero su complejo hidráulico permite apreciar mejor la importancia práctica y social que las instalaciones de agua podían tener en las ciudades de aquel período.
Hallan alberca de dimensiones sorprendentes en antigua ciudad de Turquía

La piscina monumental descubierta en el yacimiento de Tralleis, en el oeste de Turquía. Cortesía del Archivo de Excavaciones de Tralleis / Prof. Dr. Murat Çekilmez. Excavaciones realizadas con la autorización del Ministerio de Cultura y Turismo de la República de Turquía.
Hace aproximadamente 2.000 años, los habitantes de Tralleis, en el oeste de la actual Turquía, podían reunirse alrededor de una piscina cuyas dimensiones todavía resultan sorprendentes.
Los arqueólogos han descubierto una piscina monumental al aire libre integrada en un complejo de baños y gimnasio. Medía aproximadamente 37 metros de largo por 12 de ancho y alcanzaba alrededor de 1,5 metros de profundidad. Los investigadores calculan que podía recibir unas 300 personas.
El agua procedía de manantiales situados en las montañas al norte de la ciudad y llegaba mediante un sistema de abastecimiento que recorría unos 56 kilómetros. Un sistema de drenaje permitía además vaciar rápidamente la piscina para limpiarla.
Pero el director de las excavaciones, Murat Çekilmez, advierte que no debe imaginarse el lugar simplemente como una piscina moderna.
Formaba parte de un complejo de baño y gimnasio donde se combinaban ejercicio físico, higiene, descanso, conversación y vida social. Los visitantes recorrían diferentes espacios, algunos con distintas temperaturas, dentro de una arquitectura monumental cuidadosamente diseñada.
Estos complejos se encontraban entre los principales espacios de encuentro de las ciudades romanas. Allí las personas podían hacer ejercicio, bañarse, encontrarse con conocidos y conversar sobre asuntos privados y públicos. El edificio era, por lo tanto, tanto una instalación recreativa como un espacio de interacción comunitaria.
La piscina también demuestra la considerable inversión que Tralleis destinaba a infraestructura pública y manejo del agua. Sus baños y gimnasio combinaban dos tradiciones culturales: la importancia griega de la educación y el ejercicio físico y la cultura romana de los baños públicos.
Para los arqueólogos, precisamente ahí se encuentra uno de los aspectos más interesantes del descubrimiento.
Los grandes edificios antiguos pueden parecer estructuras estáticas. Una piscina, en cambio, permite imaginar inmediatamente personas moviéndose, conversaciones, sonidos y agua. El monumento comienza así a mostrar no solamente cómo estaba construida Tralleis, sino cómo podía experimentarse cotidianamente la ciudad.
Reflexión bíblica
Tralleis se encontraba en Asia Menor, la misma región geográfica donde durante el siglo I surgieron numerosas comunidades cristianas mencionadas en el Nuevo Testamento. Apocalipsis 1:11 enumera siete iglesias de Asia —entre ellas Éfeso, Esmirna, Pérgamo y Laodicea—, mientras que Hechos describe repetidamente la actividad de Pablo en ciudades de esa región. La piscina de Tralleis no tiene una conexión bíblica directa, pero ayuda a reconstruir el entorno urbano y social en el que se desarrollaron aquellas primeras comunidades: ciudades con grandes obras públicas y espacios colectivos donde ejercicio, descanso, conversación y vida cívica formaban parte de la experiencia cotidiana.



















